El cuerpo es el recipiente,más el mío estaba infectado.
Soy consciente de esto.
Que Dios me prestó lo que hoy es su templo,sí,solo en calidad de
arrendatario.
Que este cuerpo que aunque defectuoso nunca había sido mío y anhelaba ser
visitado.
¿Cómo podría Dios residir en un templo abominado?
Todos murmuraban: ‘’Está contaminado’’.
Pude vivir con el sonido de la campana atada en mis pies.
Cuando por primera vez la tuve en
mis manos sabía que sería determinante para mi destino.
Como se me juzgaría y como perdería todo aquello que creí que alguna vez fue mío.
El tiempo no cesa,y la enfermedad se agrava.
Cómo explicar lo que siento,si soy repudiado.
Los niños me esquivan como si de un muro se tratase.
Las mujeres solo mueven sus labios
diciendo ¡que maldición!
Justo es Dios porque su castigo debe pagar,¿quién pecó?.
Dejar de sentir el calor de mi amada era más doloroso que las grietas y el escozor que irritaba
mi piel
tomaba mi
mano,imaginando que era la de mi esposa.
Con tristeza ella me observaba
y rogaba a los cielos que
mi enfermedad no me llevara.
Pasado los días,a lo lejos pude verlo.
Él descendía de la colina y sabía que era el momento de andar hacia mi promesa.
Si tu quieres,puedes limpiarme.
Supe entonces que el poder residía en Él.
Reconocí su autoridad como Señor sin ser plenamente consciente si Él querría o no curarme.
Su mano cálida entonces tocó mi hombro.
Sentí como ese tacto trajo de repente a mi memoria
que era ser amado.
Lo que estaba roto dentro de mi,
mi espíritu volvía a la vida,
Jesús lo había
restaurado.
El repudio de años se había disipado.
Su amor por fin me había visitado.
Yo anhelaba misericordia,yo necesitaba sin duda ser sanado.
Sin embargo con ese toque me brindó gracia
porque estaba obrando de acuerdo no con lo que yo quería,
sino con lo yo necesitaba.

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